La
madre lanzó un suspiro al oír cerrarse el cajón del pan, que estaba
vacío. Sabía muy bien que su hijita hubiera deseado tener pan con su
tazón de leche antes de acostarse. Pero ese día no habían podido
comprar pan, y la harina se les había terminado.
El dinero que había traído su esposo en pago del trabajo de la
semana anterior, lo habían gastado para pagar las cuentas, y no había
un centavo en la casa, a excepción de cierta suma que tenían guardad en
un sobre de color café, en una caja. Era el diezmo, dinero que
pertenecía al Señor.
La mamá oyó el ruido que hacían los piececitos de la niña que
acababa de cerrar el cajón del pan, al cruzar la cocina para ir a su
cuarto. Luego hubo un momento de silencio, mientras la niñita oraba
antes de acostarse. Después oyó su vocecita que le decía:
–Buenas noches, mamita.
La madre fue a la pieza de la niña, le dio el beso de buenas noches y la tapó, arreglándole las frazadas para abrigarla.
–Siendo mucho que no tengamos pan –dijo la mamá–. Pero tú sabes, querida, cómo ha sucedido esto.
–¡Oh! Pero mañana habrá pan. Yo sé que habrá –afirmó la niña.
–¿Cómo lo sabes, querida? –le preguntó su madre.
–Porque oré al Señor que nos de pan. El Señor Jesús contesta siempre nuestras oraciones, ¿verdad, mamá?
–Sí, querida –contestó la señora mientras acariciaba los rizos de su hijita.
–Entonces él nos enviará pan mañana. Estoy segura de que lo hará
–reiteró la niñita, y cerrando sus ojos se durmió confiada en las
promesas del Señor.
La madre se dispuso a seguir con la costura, pues tenía que esperar a su esposo que se había retrasado un poco esa noche.
–Si tan sólo pudiera tener la fe que tiene mi hijita –suspiró la madre.
Recordó el dinero que tenía guardado en el sobre color café. ¿Será
correcto tomar prestado algo de ese dinero y devolverlo con el diezmo
del próximo sueldo? Pero ese dinero había sido apartado y puesto en el
sobre y por lo tanto ya no le pertenecía, sino que era de Dios. Repitió
entonces el pasaje de Malaquías 3:10 “Traed todos los diezmos al
alfolí. . . y probadme ahora. . , si no os abriré las ventanas de los
cielos, y derramaré sobre vosotros bendiciones hasta que sobreabunde”.
Sí, dejaría intacto el dinero del Señor. Confiaría en Dios y él proveería de alguna manera lo que necesitaban.
Mientras tanto, en la compañía de transporte, el padre de Clarita, que
así se llama la niña, estaba haciendo lugar para un enorme camión que
acababa de llegar.
–Tiene que cambiar el camión número ocho para que yo pueda
colocar éste –le dijo el conductor del camión grande asomando la cabeza
por la ventanilla de la cabina.
–Muy bien –contestó Federico, el padre de Clarita, y subió a la cabina del camión para sacarlo del lugar donde estaba.
Entonces se dio cuenta de que el camión número ocho no había sido
descargado; contenía todavía todo el pan que debiera haber sido
entregado a los almacenes ese día. Poniendo en marcha el motor lo sacó
de allí para dar lugar al camión que había entrado.
–Dígame, ¿qué ha sucedido con Jorge que no repartió el pan de
hoy? –preguntó Federico al conductor del camión que acababa de llegar,
y añadió:
–Porque el camión tiene todavía toda la carga de pan.
–¿No supo lo que le pasó a Jorge? –le dijo el conductor–. Sufrió un
ataque anoche al volver de la ciudad. Lo llevaron de urgencia al
hospital y está mal. ¿No consiguieron otro conductor para entregar ese
pan?
Parece que no, porque todo el pan está todavía aquí –respondió Federico.
–Tenemos
que hacer algo con él porque no podemos dejarlo así. Ese camión debe
regresar alas cuatro de la mañana, vacío. El otro camión cargado ya
viene en viaje.
–Pero, ¿dónde voy a colocar todo ese pan? –preguntó Federico.
–Tendrá
que hacer algo, Federico, porque el número ocho debe regresar con sus
cajones vacíos a las cuatro de la madrugada. Ese pan ya representa una
pérdida para la compañía, en vista de que el nuevo cargamento está en
camino. Lléveselo a su casa, regálelo o échelo al río; haga cualquier
cosa con tal que ese camión salga vació a las cuatro de la mañana.
Federico movió la cabeza perplejo. ¿Qué podía hacer con el pan?
Había como 150 kilos, y el conductor había dicho: “Lléveselo a su casa,
regálelo o échelo al río”. Bueno, haría lo mejor que pudiera.
Llamó por teléfono al Ejército de Salvación. De allí le
contestaron que gustosamente repartirían pan en los hogares
necesitados. Podían colocar unos 150 panes de medio kilo. Federico se
dirigió a ese lugar y descargó allí la mitad del pan. Llevaría el resto
a su casa y lo depositaría en el dormitorio que tenía desocupado, hasta
encontrar a alguien que lo pudiera usar.
Su esposa todavía estaba cosiendo cuando él arrimó el camión a
la acera, frente a la casa Al oírlo, ella dejó su costura y fue a
calentar la sopa para dársela a su esposo. Tendría sin duda mucho
apetito, puesto que esa noche llegaba más tarde que de costumbre. “¡Si
tan sólo tuviera un poquito de pan para dárselo con la sopa!” –pensó.
Federico entró por la puerta de atrás, con la cara iluminada por una sonrisa, y le dijo a su esposa:
–He traído un poco de pan. ¿Crees que podremos usarlo?
–¡Pan!
–repitió la señora–. ¡Por cierto que podemos usarlo! En este mismo
momento deseaba tener un poco de pan para dártelo con la sopa. Te la
serviré en unos minutos.
–¿Dónde puedo colocarlo? –preguntó Federico, al regresar con
los brazos cargados de pan. Y luego, en pocas palabras, le explicó lo
que le había sucedido al chofer del camión número ocho.
–Tal vez podamos almacenarlo en el dormitorio de atrás mientras
averiguamos si los vecinos quieren llevar algo –sugirió Federico–. Debe
haber todavía unos 150 panes en el camión.
Federico decidió desocupar primero el camión y luego comer
tranquilo. Su esposa le ayudó a llevarlos al cuarto y los arregló
cuidadosamente en hileras sobre la cama desocupada.
Al oír la conmoción que se había producido en la casa, Clarita se levantó para ver lo que pasaba.
–¡Cuánto pan! ¡Nunca en mi vida he visto tanto pan! Casi no hay lugar para colocarlo todo, ¿verdad papá?
La mamá estaba pensando en el versículo que dice: “Y derramaré sobre vosotros bendiciones hasta que sobreabunde”.
Aunque
ya era tarde, esa misma noche llamaron por teléfono a algunos vecinos y
éstos fueron con canastos y cajones para llevarlos llenos de pan. Y
cuando se hubo desocupado el camión y los cajones estuvieron ordenados,
listos para ir de vuelta a la panadería, Federico se sentó a saborear
su sopa con el buen pan que había traído. Clarita se sentó a su lado
para servirse su tazón de leche con pan, y la mamá también los
acompañó.
–Mamá –dijo clarita al tomar el primer bocado de pan, –¿ves
cómo Dios nos ha dado hoy “nuestro pan cotidiano”? Nos envió más de lo
que le pedimos. Nos dio bastante para que pudiéramos compartirlo con
otros.