En estos tiempos de crisis resulta paradójico ver que un club de fútbol se gasta la friolera cifra de 94 millones de euros por un jugador. Sin entrar en valoraciones morales, uno se pregunta si realmente un jugador vale esa cantidad de dinero.
Pero más paradójico me resulta escuchar declaraciones tales como que “a este club (Real Madrid) vienen los mejores”, o “en el mejor club (léase de nuevo Real Madrid) deben jugar los mejores”. Tales declaraciones me suenan y resuenan a prepotencia por la sencilla razón de despreciar, o cuanto menos infravalorar, a los demás clubes de fútbol, algunos de los cuales este año han ganado más títulos que el supuesto "mejor club". Está bien tirar de historia y recordarla cuando ésta es capaz de darte argumentos favorables a tu grandeza, pero no sólo se vive de la historia sino del presente, y el presente me dice que el actual Barça ha sido y de momento es el mejor equipo de España y de Europa.
En realidad, y aunque pueda no parecerlo, poco me importan los debates futboleros sobre quien es o deja de ser el mejor, porque, como dice un amigo y compañero en el ministerio, yo soy del mejor equipo que pueda existir, el de Cristo. Y la gran diferencia entre el Madrid de Florentino Pérz (o cualquier otro), y el equipo de Cristo es que Dios no ficha a los mejores, sino a los peores. El apóstol Pablo nos dice que el máximo responsable de la iglesia de Cristo “escogió… lo necio del mundo… lo débil del mundo… y lo vil del mundo” (1ª Corintios 1:27).
Y, ¿cómo puede ser que el mejor equipo fiche a los peores? ¿Cómo puede entonces llegar a ser el mejor equipo si no cuenta con los mejores sino con los peores?
El necio en la Escritura es aquel que escoge lo peor y que trae vergüenza a su propia familia (ver p.e.: Proverbios 10:1, 14, 21; 17:25; 19:13). El necio es aquel que desata su ira sin paciencia con frecuencia (ver p.e.: Proverbios 12:16; 15:2; 18:6; 27:3; 29:11). Y, fundamentalmente, el necio es aquel que cree que es el mejor, en el sentido de pensar que para ser bueno no necesita a casi nadie, y menos a Dios (ver Proverbios 28:26). De ahí que el salmista diga lo siguiente: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). La mayor necedad es, no tanto el hecho de no creer en la existencia de Dios, sino el hecho de ignorar a Dios y vivir según nuestros propios criterios personales. De ahí que la Escritura diga que “el principio de la sabiduría es el temor (respeto) de Dios” (Proverbios 1:7), y que escuchar el consejo divino nos hace "sabios" (ver Proverbios 12:15). Por tanto, la necedad propia del necio es rechazar esta clase de sabiduría (ver Ibidem).
Como hemos visto, Dios no puede fichar a los “mejores” porque los mejores se creen demasiado sabios como para confiar sus vidas a Cristo, y esto, precisamente, es lo que les convierte en necios. Por tanto, Dios ficha a los necios, aquellos que después de ser conscientes de su necedad sienten su necesidad. Entonces, y sólo después de haber reconocido su propia necedad así como su necesidad de Dios es cuando están en disposición de adquirir sabiduría, pero no la que puedes encontrar en cualquier universidad, sino la bíblica, la celestial, la divina, aquella que consiste más en el saber de Cristo (ver Juan 17:3; Mateo 11:28-30), para saber ser semejantes a él (ver Juan 15:5, 14).
Cristiano Ronaldo, Kaká y los que vengan, sin duda, harán que el Real Madrid, por lo menos, sea mejor equipo de lo ha sido este año. Se puede decir que, en este aspecto de la vida, los buenos jugadores hacen bueno al equipo. Con Cristo sucede algo totalmente distinto, porque nos es el ser humano y su capacidad, por muy grande que ésta sea, lo que hace que la iglesia sea buena, sino que es Dios quien mejora a todo aquel que, reconociendo su necedad, se pone en sus manos y acepta pertenecer a Su equipo, y no sólo por la millonaria e inmerecida oferta de la vida eterna, sino por la incomparable y vasta demostración de su amor (ver Juan 3:16).
Feliz aquel que sabe que ha sido comprado “por precio” (1ª Corintios 6:20), y “no con cosas corruptibles, como oro o plata (94 millones de euros), sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya provisto desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado al final de los tiempos por amor de vosotros” (1ª Pedro 1:18-20).
Jónatan Dolcet