| 2 Cristo el Cordero de Dios |
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Esta historia verídica ilumina el siguiente pasaje de las Sagradas Escrituras: "Mirarán hacia mí, a quien traspasaron... " (Zacarías 12:10). Apenas nos damos cuenta del dolor que le ocasionamos al Señor Jesús cuando permanecemos en el pecado. Apenas nos damos cuenta de como chasqueamos o decepcionamos al Señor cuando no ganamos una victoria. En verdad no somos dignos de su gran amor. El profeta Isaías también expresó el pesar que nuestro proceder pecaminoso le ocasiona a nuestro Señor: "Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en sufrimiento; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, ¡ pero nosotros le tuvimos por azotado, como herido y afligido por Dios! Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como un cordero fue llevado al matadero... "(Isaías 53: 3-7). ¡Qué tremenda descripción! Fijémonos bien en estas palabras: despreciado, desechado, menospreciado, herido, afligido, molido, angustiado, y después en esta expresión "... mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros". AI meditar sobre el grandioso sacrificio de Cristo, el apóstol San Pablo se quedaba maravillado y atónito. Y si nosotros también mirásemos a la cruz, diríamos juntamente con él: "Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro"(Romanos 8:38). Cuando el Señor Jesús se presentó para ser bautizado, Juan el Bautista declaró al verlo: "¡ Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!" (Juan 1:29). Desde ese momento en adelante, la gente empezó a fijar su vista en Jesús. Cada palabra que pronunció y todas las obras que hizo durante sus tres años y medio de ministerio que culminaron en el Calvario, comprobaron que verdaderamente él era el Cordero de Dios. Pero, en un sentido, el sacrificio de Jesús no comenzó en el Calvario. Leemos en el libro de Apocalipsis, que Cristo era "el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apocalipsis 13:8, ReinaValera 1960). De antemano, antes de la creación del mundo y de que el pecado existiera, Dios en su gran amor ideó un plan de salvación. En el instante que el pecado entró en el Huerto del Edén, todo el cielo se puso de luto porque parecía que los habitantes de este mundo estaban condenados a muerte. No obstante, el plan de Dios para redimir a la raza humana ya estaba en pleno vigor. En el momento que la Ley divina fue quebrantada par el ser humano, Cristo estaba preparado para hacer expiación por la transgresión humana. Él llevaría sobre sí el pecado de la humanidad para redimirla. He aquí como se desarrolló el misterio de la redención: "Entonces Cristo informó a la hueste angelical que se había encontrado una vía de escape para el hombre perdido. Les dijo que había suplicado a su Padre y que había ofrecido su vida en rescate para que la sentencia de muerte recayese sobre él para que por su intermedio el hombre pudiera encontrar perdón para que por los méritos de su sangre y como resultado de su obediencia a la Ley de Dios, el hombre pudiera gozar del favor del Señor, volver al hermoso jardín, y comer del fruto del árbol de la vida"(La historia de la redención, pág. 43). Es casi imposible explicar cabalmente este gran plan de amor. Es un misterio que por los siglos de la eternidad los redimidos en la tierra nueva procurarán entender. De modo que en este estudio breve, solamente daremos el primer paso en la comprensión de ese profundo amor que Dios escogió expresar a través del ritual del santuario, el cual empleó como una especie de ilustración a nivel de jardín de infancia, por así decirlo, para facilitar nuestra estudio. Muy bien, ahora pongámonos a pensar. ¿Por qué vino Cristo a morir a la tierra? En la descripción del santuario celestial dada en el Nuevo Testamento, no se menciona el atrio exterior. Es solamente en el Antiguo Testamento que encontramos la mención de un atrio exterior relacionado con el santuario. El atrio exterior existía solamente en el santuario terrenal. Para esto había una razón. El sacrificio de Cristo no se había de llevar a cabo en el cielo por cuanto no puede haber muerte allá. Por lo tanto, Cristo debía venir al atrio del santuario terrenal para convertirse en el cordero que moriría par el pecado. El apóstol Pablo describe esta experiencia de Cristo de la siguiente manera: "ÉI, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como una cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Mas aún hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". (Filipenses 2: 6-8). ¿Está claro? ¡Qué maravilloso! Cristo, que era igual a Dios, descendió del ambiente puro del cielo a un nivel inferior al de los ángeles, asumió forma humana, y nació como un bebé indefenso en un pesebre. No, no apareció como un Adán creado en toda su perfección, sino más bien como un ser humano, y esto después de haber experimentado la raza humana las consecuencias de miles de años de pecado. Nació en un mundo lleno de sufrimiento, miseria, dolencia, muerte, y toda suerte de tentaciones. A1 cumplir su misión, tuvo que someterse a cuanto insulto y tormento que a Satanás le fuera posible concebir. Murió la muerte de un pecador culpable. Las últimas horas de su vida fueron tan terribles que aun los ángeles del cielo cubrieron sus rostros para no contemplarlo. Por último, como portador de nuestros pecados, tuvo que soportar la angustia de los perdidos. Se vio separado del amor de su Padre porque la culpa de la humanidad entera pesaba sobre él. Elena G. de White nos presenta un cuadro conmovedor de lo que ocurrió. Escuchad: "El inmaculado Hijo de Dios pendía de la cruz: su carne estaba lacerada por los azotes; aquellas manos que tantas veces se habían extendido para bendecir, estaban clavadas en el madero; aquellos pies tan incansables en los ministerios de amor estaban también clavados a la cruz; esa cabeza real estaba herida por la corona de espinas; aquellos labios temblorosos formulaban clamores de dolor. Y todo lo que sufrió: las gotas de sangre que cayeron de su cabeza, sus manos y sus pies, la agonía que torturó su cuerpo y la inefable angustia que llenó su alma al ocultarse el rostro de su Padre, habla a cada hijo de la humanidad y declara: Por ti consiente el Hijo de Dios en llevar esta carga de culpabilidad; por ti saquea el dominio de la muerte y abre las puertas del Paraíso. El que calmó las airadas ondas y anduvo sobre la cresta espumosa de las olas, el que hizo temblar a los demonios y huir a la enfermedad, el que abrió los ojos de los ciegos y devolvió la vida a los muertos, se ofrece como sacrificio en la cruz, y esto por amor a ti". (El Deseado de todas las gentes, pág. 703, 704). ¡Qué hermosas palabras! ¡Ojalá nos fuera posible entenderlas cabalmente! Y ahora surge la siguiente pregunta: ¿Cómo se aplica la preciosa sangre de Cristo, el Cordero a ti y a mi individualmente? Volvamos al libro de Levítico, el capítulo 4, empezando con los versículos 27 y 28. Sólo el santuario nos explica en detalle como la sangre de Cristo nos puede ser aplicada a nosotros como individuos: "Si alguna persona del pueblo peca involuntariamente, cometiendo una falta contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, es culpable... " (vers. 27) "presentará como ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por el pecado que cometió" (vers. 28). AI traerse un sacrificio, bien fuese de un macho cabrío, un cordero o cualquier otro animal, tengamos en mente una cosa: que el sacrificio representaba al Señor Jesucristo.
En segundo lugar, era necesario que el pecador transfiriese su pecado sobre el holocausto. Nótese el versículo 29: "Pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de expiación... ". Entiéndase que la imposición de las manos sobre la cabeza del animal significaba la confesión y la transferencia del pecado sobre el animal que era el sustituto del pecador.
Luego viene el tercer paso: después de haberse transferido el pecado sobre el holocausto, la víctima debe sacrificarse. ¿Por qué? Porque la paga del pecado es muerte. La Ley de Dios, quebrantada por el hombre, exige la pena de muerte. "Pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de expiación... " Después añade la Escritura, "y la degollará en el lugar del holocausto... " (Levítico 4:20). Este era el método empleado por Dios para enseñar a la humanidad que había una vía de escape del pecado; a saber, que un Sustituto, el Cordero de Dios, moriría por nuestros pecados.
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