Recientemente, me realizaron un procedimiento médico que requirió que bebiera cerca de un galón de líquido en un par de horas. Cada diez minutos debía consumir ocho onzas de una solución clara que, se suponía, tenía sabor a “cereza”. Las instrucciones recomendaban que la solución estuviera fría y, deseando ser un paciente ejemplar, seguí todas las instrucciones al pie de la letra.
Permítanme decirles que aquella cosa fue absoluta y ciertamente la PEOR y más DESAGRADABLE bebida que jamás haya probado en toda mi vida. Si hicieran beber esta mezcla a los concursantes del programa de televisión “Fear Factor”, nadie lograría pasar a la siguiente prueba. Luego de forzarme a mí mismo a beber aquello, me sentí totalmente preparado para el fin del mundo. Estoy listo. He visto la muerte, cara a cara, y he sobrevivido.
Hay momentos en nuestra vida en que las circunstancias o situaciones son muy, pero muy difíciles de tragar. La copa que se nos ha pedido beber es demasiado amarga y hace que cada fibra de nuestro interior esquive el horror de lo que nos espera. En dichos momentos, Dios parece estar muy lejos, mientras nuestra vida es envuelta por la temerosa oscuridad.
Durante una decisiva noche, hace ya mucho tiempo, un humilde carpintero, un alma gentil y bondadosa, bebió de dos copas -la primera copa, la de la comunión, llena de vida y de bendición. La otra copa, la del infortunio, estaba llena de muerte y de una terrible maldición. Al beber de estas dos copas, Jesús alentó a sus seguidores de todos los tiempos a permanecer en Él, de manera que dieran mucho fruto (Juan 15:1-5).
Las dos Copas de la Vida
La vida de un cristiano fructífero siempre oscila entre dos copas. Mientras que todos querríamos tener nuestra residencia permanente en el Aposento Alto, hay momentos cuando el Señor nos pide que lo acompañemos al doloroso y manchado de sangre Jardín del sufrimiento. Fue allí, en el Getsemaní, cuando Jesús sudó gotas de sangre después de esa segunda copa y, debido a su valor y sacrificio, es que nuestras vidas han sido salvadas por la eternidad.
Gracias, Jesús, por beber la copa del infortunio. Por haber quitado de mis manos la copa de la muerte y por haber bebido hasta la última gota de ella. De repente, lo que Tú me has pedido que trague, ya no me parece tan desagradable.
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