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Era un lindo domingo de tarde. Es un día especial para jugar al almacén y divertirse mucho, pensó Daniel cuando salió de la casa y vio a Benjamín que vivía enfrente. “¡HE
ola, Benjamín!”, ¿quieres jugar al almacén?
“Claro” respondió Benjamín sonriente. “Ese es un juego muy divertido.”
En ese momento los dos muchachitos oyeron que alguien los llamaba. Eran María y Nancy que se dirigían hacia ellos, caminando por la acera.
“Chicas, ¿quieren jugar al almacén?” les preguntó Daniel, cuando éstas se acercaron.
“Sí, sí” respondieron ambas.
“Vayamos a mi casa y juguemos allí” sugirió María. “Nosotros tenemos un porche grande donde podemos jugar al almacén.”
“Y yo voy a traer la caja de cubos de madera” dijo Nancy. “Vamos a jugar a que son cosas para vender.”
Los cuatro niños se pusieron de acuerdo y se encaminaron hacia la casa de María. Nancy corrió a su casa y volvió con los cubos. Cuando llegó al porche de María, vio que Santiago venía por la calle.
Santiago corrió hacia los niños. “¿A qué van a jugar?” “Al almacén” respondió Nancy. “¿Quiéres jugar?”
“Seguro” respondió Santiago. “Yo voy a ser el almacenero.”
“Eso no es justo, Santiago” le dijo María. “Tú siempre quieres ser el almacenero. ¿Por qué no dejas que esta vez Daniel sea el almacenero?”
“Sí” dijo Nancy. “Ayer cuando jugamos tú fuiste el almacenero.”
“Si no puedo ser el almacenero entonces no voy a jugar” dijo enfurruñado Santiago. “Total, yo no necesito jugar con Uds.”
Y volviéndose, se fue a la casa y se sentó en el porche.
María, Nancy, Daniel y Benjamín arreglaron el almacén usando los cubos de Nancy como mercaderías. Daniel fue el almacenero, y Benjamín el repartidor. María tenía dinero de jugando que dividió con Nancy para que pudieran comprar cosas.
Y así jugaron al almacén casi toda la tarde. Cuando llegó la hora de volver a la casa, los cuatro ayudaron a guardar los cubos de madera en la caja grande. Nancy y María habían gastado todo el dinero en el almacén, de manera que Daniel, que había sido el almacenero, le devolvió el dinero de juego a María. Nancy, Daniel y Benjamín estaban por irse de la casa de María, cuando la mamá de ésta abrió la puerta del frente.
“¡Hola, chicos!” dijo. “¿Jugaron lindo esta tarde?”
“¡Sí!” respondió Nancy. “Hoy Daniel fue el almacenero.”
“Yo los miré un rato desde la sala” continuó la mamá de María. jugaron tan lindo que pensé que les haría una sorpresa.
“¿Una sorpresa?” preguntó Benjamín. “¿Qué es?”
“Preparé limonada; así pueden tomar un buen vaso de limonada fresca antes de irse a la casa”.
“¡Qué bien!” dijo Daniel. “¡Ud. prepara una limonada tan ricas!”
“¡Oh, gracias, Daniel!” dijo la mamá de María y cerró la puerta volviendo a la cocina. Al rato volvió con una jarra de limonada fresca.”
Los niños se sentaron en los escalones del porche y bebieron la limonada.
Santiago podía verlos desde su porche, y comenzó a acercarse.
“Estamos tomando limonada” le dijo Nancy a Santiago cuando llegó enfrente de la casa.
“¿No quieres un poco?” le preguntó María.
“Santiago estaba tan avergonzado que no pudo contestar.”
“Ven, Santiago, toma un poco de limonada” le ofreció la mamá de María.
De modo que Santiago se unió a los demás y pronto estaba bebiendo la limonada fresca.
“¿Se divirtieron hoy jugando al almacén?” se atrevió finalmente a preguntar.
“¡Claro que sí!” le respondió María. Daniel fue el almacenero, y Benjamín el repartidor.
“Nosotros compramos todo lo que había en el negocio, ¿no es cierto, María?” informó Nancy mirándola sonriendo a su amiga.
“Casi” respondió María.
Cuando los niños terminaron de beber la limonada, salió cada uno para su casa.
“¿Quieres jugar al almacén mañana?” le preguntó Daniel a Santiago.
Si Uds. me dejan -respondió lentamente Santiago.
“Claro que te vamos a dejar” le aseguró Daniel. “¿Te gustaría ser el almacenero?”
Santiago dudó por un instante.
“Yo voy a ser el repartidor. Deja que Benjamín sea el almacenero mañana. Yo fui el almacenero ayer.”
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